13 de June del 2016

El diagnóstico como conocimiento

Un niño sentado sobre las rodillas de su madre oye un ruido y se sobresalta, su madre le mira, sonríe. “Es el gato que ha saltado por la ventana”, le dice. El niño se tranquiliza: ya sabe cuál es el origen del ruido que le asustó y ve que su madre está tranquila.

Un paciente acude a la consulta: desde hace días tiene palpitaciones, se marea cada vez que sale a la calle. En la urgencia descartaron que tuviera ningún problema físico, ahora, frente al psiquiatra, está inquieto. “Es una neurosis de angustia”, le dicen. Se tranquiliza. No sabe lo que es una neurosis de angustia, no sabe si tiene tratamiento, pero sabe que su consultor sabe, que lo que le inquieta tiene un nombre. Y aunque no sabe ni qué  le  produce los síntomas ni cómo resolver sus problemas, está ante alguien que  conoce, que llama a sus problemas por su nombre y esto le infunde serenidad.

Cuando empecé mi especialidad, me ocurrió un fenómeno parecido. Me confrontaba por primera vez con problemas que no entendía y ante los que no sabía bien cómo proceder.

Mis maestros me enseñaron a poner nombres a los comportamientos, a las quejas, a clasificarlos en categorías diagnósticas. Creo que al final de este proceso no conocía gran cosa de los pacientes, no sabía cómo habían empezado sus dificultades ni que les había conducido al hospital. Pero me habían enseñado a distinguir particularidades, a poner un nombre a los diferentes problemas, este hecho me daba un atisbo de tranquilidad.

Todo paciente tiene derecho a un diagnóstico: ahora bien, ese diagnóstico puede ser una mera etiqueta, un nombre que designa el consenso existente entre los profesionales para denominar un conjunto de síntomas: ansiedad, estrés, depresión, trastornos alimenticios, trastorno psicóticos….  (estaríamos hablando de una clasificación diagnóstica), o bien puede ser un diagnóstico complejo, que tiende a entender cómo se han producido los problemas, que factores biológicos, psicológicos, relacionales, familiares, sociales…han intervenido, cuales son los mecanismos que mantienen los síntomas y que potencial tiene tanto el paciente como el entorno para superar esas dificultades.

 

¿Cómo procedemos?

Diagnosticar sería recoger una serie de datos sobre una situación, estableciendo una conexión entre los datos recogidos. Lo que entendemos por  diagnóstico es tanto la recogida de datos como la unión de estos datos siguiendo procedimientos particulares para llegar a un “mapa de situación”, es decir, a hipótesis comprensivas de cuál es el origen del problema, qué lo mantiene y cuáles son las mejores estrategias para un cambio terapéutico.

El síntoma puede ser analizado como algo que le ocurre a un individuo o puede ser examinado en el contexto en el que aparece. El colocar el síntoma o problema en su contexto nos dará una visión diferente del diagnóstico.

Si entendemos el diagnóstico en su sentido etimológico (comprender, esclarecer)… se trataría de entender no sólo el significado que un determinado síntoma, malestar, comportamiento… tiene  para el sujeto sino también qué sentido tiene para el conjunto de sus relaciones significativas. Ejemplo de ello serían los síntomas psicosomáticos que aparecen en la infancia como modos de regular los conflictos entre los padres. Cuando el conflicto sobrepasa el nivel tolerable para la familia, el síntoma del hijo centra la atención de ambos  padres y la tensión disminuye hasta niveles para ellos soportables.

El diagnóstico sería tanto identificar el problema inicial, como encontrar las falsas soluciones puestas en marcha y que lejos de resolverlo se han transformado en pautas mantenedoras del problema, de cara a encontrar pautas alternativas para resolverlo que permanecieron bloqueadas.

A la hora de tratar a los pacientes, me parece indispensable el ser capaz de ponerme en su lugar, de ver las cosas desde su perspectiva.Por ello me pregunto, ante un problema así, ¿cómo querría ser diagnosticada, entendida? Recibir una etiqueta, ¿me sería suficiente? Decir pues  de alguien: “se trata de una depresión, no es a buen seguro suficiente, no dice mucho ni del paciente ni suficiente de sus trastornos. Por ello cada vez más estamos abocados a llegar a un diagnóstico complejo, a analizar múltiples variables en cada caso como condición de partida  para poder llegar a un éxito terapéutico.